Ricardo López Rivera — Compositor e intérprete colombiano

Historias



LETRAS & PENSAMIENTO

Escritos y Memorias

Textos autobiográficos, reflexiones y crónicas vivenciales que narran el territorio, la familia y el origen de las canciones.



OBRA LITERARIA


Autobiografía

Nosotros los nada extraordinarios

Libro autobiográfico, dividido en capítulos de acuerdo a cada uno de los eventos que consideran más importantes en el desarrollo personal de la vida de su autor.

Con lenguaje coloquial, permite conocer costumbres, diálogos, pensamientos y situaciones que viven las personas en común. Su título es paradigma de lo que sucede hoy: no se es un artista, ni un deportista, ni un político afamado, no hay presunción de extraordinario; solo somos aquellos que no estamos en la publicidad, los que no existimos, pero que hacemos este mundo.


CRÓNICA & MEMORIA


Noviembre de 2019

La Vega de mis Padres — Nov 2019


Relato testimonial que inspiró el sanjuanero homónimo del álbum Hombre de agua.


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—Quiero recorrer los pasos —menciona mi padre, cabizbajo y pensativo.
Igual que en días anteriores lo había mencionado mi tío Félix María.
Respondí yo: —Debemos ir.
—¿Pero a dónde queda el sitio al que quieres ir?
Respondió: quería ir a la Vega de los Padres, su tierra natal.
—Padres, yo no conozco la Vega de los Padres, es bastante lejos.
Pero finalmente decidimos ir.
Y de esta forma hicimos nuestra cita para el día siguiente.
Siendo las siete de la mañana del día siguiente, recogí a mi tío.

Y nos fuimos por la carretera que nos lleva a Gualanday,
y nos desviamos por la carretera paralela a la vía principal a Bogotá,
dirigiéndonos hacia el poblado de Coello.
Transitamos por carretera despavimentada por al menos dos horas
y llegamos a un pueblo con una gran plaza principal, donde se realizan las fiestas patronales.
Continuamos por una carretera más estrecha, pero llena de anécdotas de mis padres.
Comenzaron a contarme de cómo recorrieron en la infancia estas calles,
que poco a poco me fui adentrando en toda su vida: cómo disfrutaban del paisaje, del río, del puente, de los árboles, del bosque, del calor. Calor que era insoportable en ese momento, puesto que estábamos en plena tierra caliente.

Y de esta forma, y escuchando relato tras relato de cómo pescaban, de cómo andaban por estas tierras tan calientes, hasta que finalmente llegamos al caserío de la Vega de los Padres.

Y quedaron gratamente impresionados por el desarrollo del caserío y empezaron a preguntarse: «¿Dónde está el algarrobo? ¿Dónde está la casa que antes era de Manuel? ¿Dónde está la casa donde fuimos criados? ¿Dónde está la casa de doña Mercado? ¿Dónde quedaba la panadería? ¿Dónde quedaba la policía?».
Y de esta forma, y asombrados, encontraron que esto y aquello había cambiado.

Y de esta forma se dieron cuenta de que la casa de sus padres estaba en manos de otra persona, muy bien pintada y muy bien organizada. La panadería ya no estaba en su sitio y se encontraba una cafetería.

Nos dirigimos a la casa de sus padres, nos acercamos al pórtico y la señora, asombrada, no nos quería abrir, puesto que habían llegado tres hombres desconocidos a sus puertas; y nos abrió a pesar de su asombro e incertidumbre.

Fue un momento especial: tenían que convencer a la señora de que ellos habían nacido ahí, ¡bonito problema!

Y comenzaron a relatar que mi abuelo había construido la casa, que había sacado la madera de los bosques cercanos al río Coello y que de allí extrajo la mejor madera para su casa, para el techo, y que tenía un gran espacio adonde llegan los campesinos y trabajadores a dejar sus diferentes remesas, pues mi abuelo era quien los recibía en el pueblo, puesto que él era el dueño de la carnicería, de la panadería, y allí hacía sus ventas.

Finalmente la señora, asombrada, con gran timidez y desconfianza, nos dejó pasar a la casa. Yo sentí una sensación inmensamente extraña cuando pasé y caminé sobre un piso bello de ladrillo cocido, con paredes gruesas y de barro. Tenía cuatro habitaciones y mis padres dijeron: «Allí nos parieron, mi mamá nos parió allí». Y mi padre recordó el día que mi abuelo levantó a mi tío, su hijo, su hermano. Lo levantó con gran orgullo y lo mostró al pueblo y exclamó: «¡Mi otro hijo varón!».

Y continuaron los relatos: recordaron dónde estaba la sala, el comedor, el patio adonde llegaban diferentes personas con las remesas.

Preguntaron a la señora asombrada por Andrés, por Aníbal, Margarita, Apolonia y algunas personas más que ellos recordaban de su infancia, y la señora decía no recordar a ninguno, puesto que estamos hablando de una época muy anterior a esta en la que estamos. Hablaban de los años 1900: 1930, 1940, 1950, cuando vivió toda esta gente, y hablaban de aquellas personas a quienes tan alegremente mencionaban mis padres.

Luego de dar una ronda por esta casa materna, nos dirigimos hacia el parque, donde sucedieron los hechos importantes del pueblo.
Y no vieron el gran algarrobo de su infancia; preguntaron en la estación de policía: «¿Qué había pasado con el algarrobo?».
El teniente de policía relató que estaba seco, que ya no era lo mismo que cuando los dos lo conocieron, simplemente era muy viejoooo. Exclamó: «El algarrobo está demasiado viejo y seco, y la próxima semana lo tumbaremos». La cara de decepción de mis padres se hizo notar; enmudecieron, sintieron gran tristeza y se condolieron ante aquella noticia:
Talarían el árbol de su infancia por viejo, por seco, por peligroso. Este gran gigante caería, con ellos.
El teniente, apesadumbrado, exclamó: «Ya no hay nada que hacer».

Muy turbados y entristecidos, decidieron continuar andando por otras de las calles de su pueblo. Lo notaron cambiado, pavimentado; había una calle larga y encementada, con pocos árboles, el calor era insoportable.

Nos dirigimos hacia el río, el gran Magdalena y su muelle. Recorrimos una pequeña calle y allí, a mano derecha, había dos casas típicas de los ribereños, en bahareque, ladrillo y techo de palma real. Allí se encontraba meciéndose en una silla Aníbal, un pescador que se encontraba reposando y descansando, puesto que ya había realizado la pesca del día, y al acercarnos se extrañó de nosotros, los forasteros. Muy cauteloso miraba a tres extraños. Preguntó mi tío: «¿Cómo estuvo la pesca?». Contestaba con gran sigilo algunas de las preguntas de: «¿Cómo está el vecino?», que si recordaba a don Justino. Y pues su apariencia de 45 años no daba para realmente haber conocido a dichas personas. «¿Tiene pesca?».
—El río está bien y hoy atrapé buena pesca.
Mostró una yunta y quisieron llevarla, pero al fin, entre cuento y cuento, no se compró nada.

Nos acompañó al río, al muelle; el río estaba repleto, fuerte, fresco, y corría a gran velocidad.
Nos contó que diariamente salía y que vivía muy contento en aquel lugar.
Su fuerza y frescura tocó nuestra cara y la de él.

Mis padres comenzaron a discutir:
que el puerto estaba aquí, allá, que estaba en buen estado, que era más abajo.
Y nuevamente sus anécdotas:
que muy pequeños empleaban una canoa, puesto que mi abuelo los enviaba con los racimos de plátanos, el pan y otras cosas a Girardot, y así se volvieron excelentes bogas en este río. Pasaron su vida en su infancia navegando por las márgenes del gran Magdalena.

Agradecimos a nuestro amigo por acompañarnos y continuamos caminando por el pueblo.
Observamos algunas y otras construcciones de la Vega de los Padres; construcciones y casas que son antiquísimas, construidas en el tiempo que ellos nacieron. Pero por otro lado el pueblo había cambiado mucho: casas nuevas pero calurosas. Sentados en una tienda nos tomamos un refresco, y quien nos atendió nos contó que los niños estaban descansando, por ello las calles estaban desoladas. Nos despedimos alegremente de él.

Ya sin más, procedimos a volver a Ibagué. La carretera y el calor eran insoportables en ese momento; prendí el radio y escuché que había unos desmanes y un alboroto a nivel nacional, y se había salido a manifestar lo que, posteriormente, sería «la primera línea». El calor, el viaje, los puentes y las charlas opuestas y contradictorias de mis padres hacían dar vueltas en mi cabeza y pensar en muchas cosas.

Recordaba que mis padres habían contado que los padres franciscanos de allí les habían enseñado principios de la cátedra de la liberación, y por eso ellos tenían sus ideas acerca de lo que es el liberalismo y de la justicia; que todos estos desmanes llevaban al caos a corto o mediano plazo; que ellos han sido siempre unos hombres justos, trabajadores, meticulosos, honestos en su vida, y que se debe recordar luchar por lo justo y que había que aprender a manifestarse contra la injusticia.

Y de esta forma se me ocurrió hacer la letra de esta canción, que simplemente nos dice cómo mi pueblo está callado ante la injusticia que en esta Colombia es común; que se manifiesta la gente, pero este pueblo tan tranquilo, callado está. El lugar, el tiempo parece quedarse allí, habita allí. Callado está.

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Escucha las composiciones inspiradas en estos relatos y conoce la biografía de Ricardo López Rivera.


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Ricardo López Rivera

Música, historias y memoria desde el Tolima. Compositor, autor e intérprete de la música andina y tradicional colombiana.

Ibagué · Tolima · Colombia

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